LA MENTIRA DEL ARQUITECTO PRESCINDIBLE

EDITORIAL ARCHIVO TÉCNICO

¿EL ARQUITECTO ES NECESARIO O SOLO ES UN ESTORBO CARO?

En cada proyecto, tarde o temprano, aparece la pregunta incómoda. A veces no se dice en voz alta, pero flota en el aire:
¿Para qué hace falta un arquitecto?
¿Es realmente necesario o es apenas un intermediario prescindible entre un deseo y una obra?

Vivimos en una época donde se promueve la autogestión, el “hágalo usted mismo”, los renders bonitos realizados mediante IA y las soluciones rápidas. Donde se cree que proyectar es elegir un modelo, copiar una imagen y empezar a construir. En ese contexto, la figura del arquitecto parece, para muchos, un lujo innecesario. Y el problema es que muchas veces somos los propios arquitectos quienes alimentamos esa idea.

El arquitecto no es solo el que “dibuja planos”. En la etapa de proyecto interpreta necesidades, traduce deseos difusos en decisiones concretas, ordena el programa, evalúa normativas, costos, tiempos, riesgos. Anticipa problemas que el comitente todavía no ve y que la obra, sin piedad, va a exponer más adelante. Proyectar no es imaginar: es prever.

En la obra, el rol se vuelve todavía más incómodo. Controlar, corregir, frenar errores, exigir calidad, ordenar procesos. El arquitecto no está para caer simpático, está para evitar que una mala decisión se transforme en un problema estructural, legal o económico. Y cuando no está, alguien ocupa ese lugar sin formación, sin responsabilidad y sin asumir las consecuencias.

La ausencia del arquitecto no elimina funciones: las traslada. Las toma el maestro mayor, el contratista, el proveedor de materiales o, peor aún, el propio comitente. Y ahí aparecen los riesgos reales: sobrecostos, improvisación, patologías constructivas, incumplimientos normativos, conflictos legales y obras que envejecen mal desde el primer día.

Entonces, ¿es una profesión prescindible?
Solo si aceptamos que el proyecto puede ser improvisado, que la obra puede resolverse por intuición y que el error forma parte natural del proceso. Pero si se busca eficiencia, seguridad, durabilidad y coherencia, la respuesta es incómoda pero clara: no.

Ahora bien, la autocrítica es obligatoria. El arquitecto también se volvió prescindible cuando regaló su trabajo, cuando redujo su rol a un trámite municipal, cuando aceptó honorarios indignos, cuando dejó de explicar su valor y empezó a pedir permiso para existir. Nadie defiende lo que no valora, ni desde afuera ni desde adentro.

Defender la profesión no es nostalgia corporativa ni soberbia académica. Es entender que nuestro rol tiene impacto directo en la ciudad, en el ambiente, en la economía y en la vida cotidiana de las personas. Y actuar en consecuencia.

Tal vez la pregunta correcta no sea si el arquitecto es necesario, sino qué tipo de arquitecto estamos siendo. Porque si no somos capaces de ocupar nuestro lugar con criterio, responsabilidad y convicción, alguien más lo va a ocupar. Y no siempre para mejor.

Scroll al inicio