ROSARIO Y EL PERMISO DE EDIFICAR

EDITORIAL ARCHIVO TÉCNICO | 10/05/2026

CUANDO AGILIZAR TRÁMITES REDEFINE EL EJERCICIO PROFESIONAL

En Rosario, una decisión administrativa aparentemente técnica abrió una discusión mucho más profunda sobre el futuro del ejercicio profesional. El decreto que eliminó la obligatoriedad de acreditar aportes a colegios y cajas previsionales como condición para obtener permisos de edificación y finales de obra fue presentado como una medida para agilizar inversiones, reducir demoras y quitar burocracia.

A primera vista, el argumento parece razonable. Si el objetivo es acelerar expedientes y reducir costos indirectos, ¿por qué sostener exigencias que algunos consideran ajenas al control urbanístico? Pero esa lectura tiene una contracara. Porque la medida no solo modifica un trámite. Reordena una relación histórica entre Estado, profesión y sistema previsional.

“Cuando un requisito institucional pasa a ser visto solo como una traba, el debate deja de ser administrativo y pasa a ser político.”

Durante décadas, el requisito de acreditar aportes operó como algo más que una formalidad: vinculó ejercicio profesional, sostenimiento institucional y responsabilidad técnica. Al eliminar esa condición, el municipio deja de considerar ese cumplimiento como parte del proceso de habilitación.

Y ahí aparece una pregunta incómoda: si el permiso de construir puede disociarse de los compromisos previsionales y colegiados, ¿se fortalece la libertad profesional o se debilita la estructura que la sostiene?

Mientras algunos sectores celebran menos trabas y mayor previsibilidad para invertir, desde las entidades profesionales advierten que la medida puede afectar el financiamiento del sistema, comprometer jubilaciones y abrir conflictos judiciales. No es un dato menor.

Porque si la desregulación simplifica, pero traslada costos al sistema profesional, la discusión deja de ser solo sobre expedientes. Pasa a ser sobre quién absorbe ese costo: el profesional individual, la caja previsional, el mercado o, eventualmente, el propio Estado.

Hay además una dimensión más profunda: el precedente.

Si un municipio puede excluir del permiso exigencias vinculadas a aportes profesionales bajo el argumento de autonomía, mañana podría discutirse si otros controles históricos —visados, incumbencias o incluso validaciones técnicas— también son “trabas” susceptibles de ser removidas.

Y ahí el problema deja de ser Rosario: pasa a ser un modelo.

“Toda simplificación administrativa es bienvenida, salvo cuando simplificar significa desmontar las reglas que sostenían el sistema.”

La cuestión, entonces, no es estar a favor o en contra de la modernización. Toda burocracia innecesaria merece revisión. Pero una cosa es agilizar trámites. Otra es desarmar, bajo lógica de eficiencia, piezas que forman parte del andamiaje institucional del ejercicio profesional.

La construcción necesita velocidad, pero también necesita reglas. Porque cuando todo obstáculo se redefine como barrera, a veces se termina desarmando el sistema que daba sustento al orden. Quizás el debate no sea si había que eliminar esta exigencia, sino si una decisión de este alcance podía tomarse sin una discusión más amplia con colegios, cajas, desarrolladores y la propia comunidad técnica. Porque cuando una ciudad redefine cómo se obtiene el permiso para construir, no está corrigiendo un formulario: está redefiniendo qué entiende por ejercer una profesión. Y eso, inevitablemente, nos involucra a todos. 

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