CONSTRUIR HACE RUIDO

EDITORIAL ARCHIVO TÉCNICO | 03/10/2026

CUANDO TODOS QUEREMOS UNA CIUDAD NUEVA, PERO NADIE TOLERA LA OBRA

Toda obra empieza igual: un contenedor en la vereda, una mezcladora que arranca a las siete de la mañana y, a los pocos días, un vecino que se acerca con gesto cansado a preguntar hasta cuándo va a durar “esto”. Quienes trabajamos en construcción conocemos esa escena de memoria. Y conviene decirlo de entrada: la molestia es real. Nadie está obligado a disfrutar del ruido de una amoladora ni del polvo que se cuela por la ventana. Pero entre reconocer una molestia y convertirla en un conflicto permanente hay una distancia que vale la pena discutir.

El ruido tiene nombre y apellido

Hay ruidos inevitables y otros que son pura desprolijidad. El martillo neumático al demoler, el mixer descargando hormigón o el corte de cerámicos forman parte de la naturaleza de construir. Todavía no existe una manera silenciosa de levantar una losa. Pero también existen el equipo de música a todo volumen, los gritos de un extremo a otro del andamio, la descarga de materiales a las seis de la mañana o el trabajo en horarios en que el barrio descansa. Eso no es inevitable: es falta de gestión, y ahí los profesionales tenemos una responsabilidad que no podemos esquivar.

Una obra bien dirigida se nota desde la vereda: horarios respetados, materiales ordenados, cerramientos que contienen el polvo, accesos limpios y un encargado que sabe que el vecino también es parte del proyecto. Cuando la obra es desordenada, el reclamo es justo. Cuando es prolija y aun así se reclama, empieza otra discusión.

El albañil, el eslabón más señalado

En el centro de las quejas suele estar el albañil. Se lo escucha, se lo ve, se lo señala. Rara vez se lo mira como lo que es: un trabajador que arranca temprano porque el clima y los plazos no esperan, que carga peso todo el día y que levanta, literalmente, las casas donde otros van a vivir. Es curioso: quien se queja del ruido de la obra de al lado suele exigir que su propia refacción esté lista “para ayer”. No se puede pedir rapidez y silencio al mismo tiempo, como si el material se colocara solo.

Además, el oficio fue devaluado socialmente durante años, cuando en verdad es una de las actividades que más sostiene la economía local: cada obra mueve corralones, fleteros, electricistas, plomeros y herreros. Una cuadra en construcción es una cuadra que da trabajo.

La paciencia también es una obligación cívica

Acá llega la parte incómoda: la tolerancia vecinal se ha ido achicando. Vivimos en una época de poca espera, donde cualquier alteración de la rutina se vive como una agresión personal. Queremos barrios que se renueven, veredas arregladas, casas que reemplacen terrenos baldíos y edificios que traigan vida a la cuadra, pero rechazamos el único camino posible para lograrlo, que es pasar por una obra. Nadie ha inventado todavía el edificio que aparece de un día para el otro.

Conviene recordar, además, que la obra es transitoria y que el ruido tiene fecha de vencimiento. Meses de molestias frente a décadas de una vivienda habitada, un comercio abierto o una medianera reparada. Y casi todos los que hoy reclaman van a necesitar, tarde o temprano, una obra propia: una ampliación, una impermeabilización, un baño nuevo. Ese día descubrirán que del otro lado del ruido hay alguien que también quiere hacer las cosas bien.

Convivir se puede (y se planifica)

La solución no está en prohibir ni en resignarse, sino en comunicar. Avisar a los linderos antes de comenzar, explicar las etapas más ruidosas, dejar un teléfono de contacto, documentar el estado previo de las medianeras y respetar los horarios que fija la ordenanza local son gestos baratos que evitan meses de tensión. Un cartel con el nombre del profesional, el plazo estimado y un canal de reclamos vale más que mil discusiones en la vereda.

Del otro lado, el vecino también puede poner de su parte: preguntar antes de denunciar y entender que una obra tiene etapas. Las peores semanas suelen ser las primeras (demolición, excavación, estructura) y después el ruido baja notablemente. La mayoría de los conflictos nacen de la incertidumbre, no de los decibeles.

Una cuestión de mirada

Al final, todo se reduce a cómo entendemos la ciudad. Puede ser un producto terminado que no debe molestarnos, o un organismo vivo que crece, se repara y se transforma, con todo lo que eso implica. Elegir lo segundo supone aceptar que el progreso tiene su banda sonora. No se trata de romantizar la molestia ni de justificar el desorden, sino de asumir que construir es una actividad colectiva y que todos, en algún momento, estamos de un lado o del otro de la medianera.

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